martes 8 de septiembre de 2009

El último adios

Queridos lectores, entre los que me conocen, los que me comentan y los que me leen y no me comentan. No se porque alguno no se atreve a comentar XD, si me conoceis en persona y soy una persona corriente, aunque escribiendo parezca un ilustrado de otros tiempos. Pongo fin a este blog aqui hoy, cerrando dos humildes novelas caseras y pensamientos varios. Quiero mas tiempo para mi y para los mios, ejercitar mi Karate, mi aikido y mi esgrima. Esgrima que me ha despertado mas pasion por la historia y para escribir. Ahora quiero escribir menos, pulir mis humildes obras y ver si un dia publico algo. Quiero disfrutar con mis buenos amigos de esgrima y todo lo que nos queda por vivir.

Dejo publico mi correo por si alguien me quiere comentar alguna cosa, cualquier opinion sera bienvenida, cavallerdelrossello@hotmail.com

Gracias a quien me lee, gracias a quien me conoce en persona y añadir que tanto lo que escribo, como lo que dibujaba por oficio, se lo debo todo a mi madre. Lo mas importante, un corazón capaz de cosas... que a mi mismo me dan miedo, pero nunca alcanzare a mi madre, nunca. A pesar de todo, de las dificultades de la vida y de lo que aprendi de mis padres y sigo aprendiendo... Sigo caminando en mi vida... 


Últimas lineas, Capitulo XVI (Diego)

Debo relatar a vuestra merced, los acontecimientos de estos años. Menos gracia o fortuna, por cuantos nos tocara vivir, los últimos años de nuestro señor El Rey planeta, Felipe IV de España. Fuera septiembre de 1665, más triste es saber que no gozara de buena salud. Falleciera a mediados de este mismo mes, dejando las Españas a manos de Carlos II. La monarquía española cayera en declive, guerras constantes entre la Europa protestante y la Europa católica, mas la Francia de Luis XIV andara en hegemonía. Fueran tiempos duros, más triste relatar que en Julio de este mismo año prodújose la Batalla de Villaviciosa contra el portugués. Fuera la guerra de restauración portuguesa. Los ejércitos de Luis de Benavides Carrillo, Marqués de Caracena, quedaran derrotados. Fuera acusado de traición y cobardía. Más Luis de Benavides, defendiérase ante la corona, con argumentos de que sus ejércitos no estaban bien preparados para la guerra. Razón era que la vieja España se encontrara exhausta tras años de guerra. Aproximárase la independencia de Portugal, más por otro lado las Provincias Unidas, que bien fueran nuestros Países Bajos. Cuánta sangre fuera vertida en los países bajos ¿de qué era servida? Los ejércitos españoles se replegaban más el imperio español entrara en declive.

Fueran 3 años ya, los que estuviera sin escribir, refugiárame en los dulces amaneceres de mi vida, en los fríos inviernos y en el placentero calor de mi hogar. Fuera una azarosa mañana, cuando unos golpes de pomo en la puerta parecieran sonar de un modo distinto. ¿Quién pudiera ser la persona que esa buena mañana diera mi profundo despertar a una nueva vida? Mi hijo. Volviera mi hijo de la guerra, quien hubiera luchado en Portugal, en la Batalla de Villaviciosa. No pudiera, sino abrazarlo, no pudiera sino llorar como un niño, llorar como niños, tras un ansiado abrazo. Más no vino solo, le acompañara una dulce joven, poco más joven que él. Hablárame mi hijo, tras ofrecerles a ambos tomar reposo y algo de beber, de las crueldades de una guerra, alguna cicatriz, mas el dolor de perder compañeros en combate. Sus filas perdieran la batalla, se replegaran en los montes. Se perdiera mi hijo, poco más de un día sin comida, cayendo sin aliento junto a un rio. Al tiempo que María, la dulce joven que le acompañara, ayudáralo a salir de allí, más llamara a sus padres. Tomaran su cuerpo herido, mas ofreciéndole descanso en cama, curando sus heridas. Avanzaran los días al tiempo que se recuperara. Más pudiérase esperar, de que ambos se enamoraran. Comprendieran sus padres, que José debiera volver a casa, mas permitieran a su enamorada hija partir con mi hijo. Un camino poco azaroso, con algún duelo en alguna cantina. Muchos días, de polvorientos caminos a caballo, de preguntar a las gentes por el camino correcto. De abrazarse ambos en humildes posadas, donde el frío calara hasta los huesos e incluso las pulgas habitaran el lecho. Cierto fuera el comprender de que en la vida se valora todo, cuando realmente se sufre necesidad y cuando se tiene corazón para mirar a los que sufren, con mas desventura que uno mismo. Ver aquellos jóvenes, siendo uno de ellos mi hijo, recordárame cuanto tuviera que vivir de niño, los tortuosos caminos de mi vida es el profundo saber de que hubiera criado el hijo que siempre esperara, siguiendo mis pasos y comprendiendo el verdadero sentido de una vida. No es ocioso indicar que mi hija Ángela ya tuviera 13 años, de que cada día en su vida fuera un nuevo despertar. Conservo tras de mí, recuerdos para sentirme orgulloso, más de mi querida Ana, quien diérame una vida tranquila, de amor mas de recuerdos, que aun aletean en mi corazón y dos hijos, que lo son todo para mí. Cuantos de los abrazos de Ana, sirviéranme para dejar caer un suspiro, para dejar caer lágrimas más cambiarlos por sonrisas. Tantos como gotas de lluvia viera caer en mi vida, mas si no fueran tantas, que se que no lo fueren, pareciéranle mas a mi corazón. Y es que la vida siempre es azarosa si alguien te da amor, pues de poco sirven las riquezas.

Tras recibir la noticia de la llegada de mi hijo José, Ana no hiciera sino estallar en llanto y bien abrazar a su hijo. Al tiempo que abrazara, al dulce ángel con cuerpo de mujer, que curárale sus heridas. Cierto fuera que la vida pone a cada cual en su sitio y no pudiera esperar más de él, que encontrar una chica como María, en los seguidos días que pudiera conocerla. Joven y dulce como una rosa, con tierno corazón que no solo encandila a mi hijo, sino que le guía en los pasos de la vida, aunque no tengan riquezas, aunque solo se tengan el uno al otro.

Viviéramos en familia aquellos días, al tiempo que encontráramos lugar para dormir y vivir, a los jóvenes que acabaran de llegar. Mas no desearan sino casarse, sino emprender nueva vida, buscar una casa en tener un poco de dinero y empezar nueva vida. Como empezara su padre, que escribe este libro para un recuerdo.

De mis días y de mi vida, quisiera disculparme de vuestras mercedes en este humilde libro, que poco tiempo dedicara al escribir. En él se hallan recuerdos, emociones, pasiones y guerras, momentos para vislumbrar paisajes de ensueño, de llantos y dolor., aromas, perfumes e incluso sabores. Más no quisiera parecer engreído, pues carezco de maestría. Quisiera dedicar el resto de mis días a mis gentes, a ver emprender nuevas vidas a mis hijos, esperar nietos. Verlos crecer, porque la vida siempre tiene valor, si algo en tu entorno empieza a crecer. Perfeccionar quisiera mi esgrima, hasta que mi brazo no pueda portar espada. Seguir los senderos del destino, mas siempre mirar al horizonte, nunca arrepintiérame de cuanto viviera en esta vida, pues fuera el rio que desembocara en el fruto de esta voz, que hoy escribe estas palabras. No pudieran ser mis últimas líneas en este libro, más placenteras. No pudiera desear más de lo que ya porto. Si deseo a vuestra merced larga vida, más que mis humildes líneas le den un enfoque más humano, un espíritu de lucha, aunque ciertos duelos cubran de fantasmas a vuesa merced. El fruto es siempre lo que importa, no lo olvide pues. Más le pido un pequeño gesto. Por dura que fuere su vida, por peso que el destino cargue en sus hombros con los años, los ojos conservan la misma mirada desde el nacimiento, jamás deje vuesa merced de mirar al horizonte…


martes 25 de agosto de 2009

Trazos de recuerdos, Capitulo XV (Diego)

Oyera el murmullo, de las aguas deslizarse por las rocas, en el río junto a mi casa. Triste mañana de verano, de principios de junio al recordar, que hiciera poco más de un año, de mí llegada a casa. No fuera azaroso el destino, para bien saber buenas noticias de mi hijo, quien partiera a Madrid. Ciego de odio, de venganza ciega a quien no matara a su padre. Eligiera luchar por un rey, que jamás pensara en el, esperara que Dios guardara su vida. Pensara a menudo en el, al tiempo que intentara rehacer mi vida. Mediante trazos de pincel, recuperara lo que aun guardara mi mente de mi infancia y época de juventud. Mi gusto por pintar, por reflejar con color, la comprensión de una vida fugaz. Que al igual que las líneas de un libro describen, describe la pintura con ligeros cortes de pintura, como de espada, el reflejo de un instante, de un momento, por muchos años ya imperecedero. Mi hija de 10 años junto al rio, mas su reflejo yaciendo en las ondulantes aguas por la brisa. Sus cabellos castaño claro, rozados el tener cabellos dorados. Siento al verla que se hace mujer. Las verdes hierbas que asomaran del agua, los patos bañándose en ella, cuantas casas rodearan el río. El color de los cielos, las nubes, mas los rayos de luz abriéndose paso este ellas. Al tiempo que avanzara la mañana dejara a mi hija descansar, por cuantos días llevara pintándola, al igual que el paisaje que le rodeara. Terminara el cuadro, pocos días después. Cierto que la pintura, es como el arte de la espada, un largo camino, intentando rozar siempre una maestría, que si bien llegara en cierto modo, jamás se debe reconocer, si se es puro de corazón y se quiere seguir aprendiendo. 
Conversando con un vecino, enseñárame unos pequeños conejos, de una nueva cría en su corral. Pidiérale si pudiera darme uno, más que quería a cambio. Diéramelo con gusto, sin pedir nada a cambio. Triste animal, que en crecer en unos meses, seguro fuera a ser comida en algún arroz. Fuese azaroso el destino con él, yendo a mis manos, para entregar como regalo a mi hija. Curiosa es la vida, cuando un simple detalle, de los que menos pudiéramos vislumbrar en nuestras mentes, pudiera crear tal alegría, dedicación y respeto. Más tristes fueran las vidas de aquellos, no queriendo recordar que fueran niños, perdiendo así la raíz, que pudiera ganarse el respeto de sus hijos. Pues ya es dura la vida, como para purgarla de pensamientos negativos, de venganzas. De olvidar que existe una ilusión, más de una luz en más cosas de las que pudiéramos llegar a comprender. Como aquel pequeño conejo, acariciado por las inocentes manos de mi hija, sintiérame yo acariciado por mi familia, por mis gentes, por mi tierra. Retomando antiguas costumbres, leyendo libros, pasaba largas horas en mi escritorio, mas leyendo que escribiendo. Mas debo indicar a vuesa merced, que todo este tiempo sintiera que debiera absorber emociones, comprender que estara vivo, más que expresarme con líneas. Bastara una lámpara de aceite, para iluminar mi mesa, al tiempo que pasara páginas, leyendo, comprendiendo otra forma de vivir. Cierto fuera, que la mayoría de las tardes, prefiriera dar paseos junto al rio con mi esposa. Ver las puestas de sol, saber que en pocos años fuera a llegar mi madurez. Porto en mi cuerpo numerosas cicatrices, recuerdos, mas pienso en aprovechar cada día nuevo, que me brinda la vida. Debiérase mi situación también a la ausencia de mi hijo, al temor de que perdiese su vida, a la crudeza de una vida, que queriendo que fuese llana más libre de dolor, viérase a menudo afectada, por cuanta violencia o horror siembran los hombres. Como fuere una mañana, en que caminando por el mercado, encontrárame un extraño personaje en mi camino. Cerrárame el paso sin saber porque. Yo levantara mi mirada, al tiempo que descubriera la empuñadura de su espada, invitándome a que le diera mi dinero. No portaba moneda alguna, mis humildes pasos los escribían, unas botas desgastadas y ligeramente rotas. Dijérale unas palabras. - No porto moneda alguna, soy hombre cansado de guerras, os ruego me dejéis pasar- En cambio, tan misterioso caballero añadiera unas palabras bien diferentes. – Sucio embustero, vuesa merced quiere morir hoy ¿no es así?- Vislumbrara en mis ojos cuerpos caídos en la cubierta, del navío en que sirviera tiempo atrás, cuerpos arrastrándose por ella, chorreantes de sangre, entre los que pasaras pisándolos, pisando miembros amputados, nubes de pólvora y cabezas arrancadas por balas de cañón. Sin dudarlo un instante, desenvainara mi ropera, al tiempo que le mirara fijamente a los ojos. Empezáramos a cruzar aceros, en un callejón sin salida. Tirara al suelo si sombrero de ala doblada, mas sintiera ya el sudor en mi frente. A pesar de que mi destreza hubiera alcanzado niveles respetables de un soldado, de un tercio viejo, fuérame un tanto difícil, entablar combate con un joven diestro, de poco más de treinta años. Aun así, entre suspiros, buscando bocanadas de aire para alimentar cuerpos cansados, resistiéramos a intentar, dejarse matar por el otro. Tal vez fuera el dedo de Dios que me apuntara en aquel duelo, para ofrecerme posibilidad, de concluir cogiendo su espada por la taza. No queriendo rendirse, a pesar de que le apuntara con mi ropera, sacara de su costado una daga escondida, para escupir mi acero amenazando su cuerpo. Triste es el destino, cuando queriendo un camino de paz, debes segar con tu acero una vida, que bien pudiera llegar a ser la de un hijo. Así fuera, cuando de un descuido probara mi acero. Su rostro de sorpresa, al ver mi espada clavada en su pecho. Mirando su herida, tocando con sus manos su sangre, al tiempo, que su cuerpo, se desvaneciera. Ligeramente, su rostro cayera de costado, sobre las piedras del camino. La sangre brotara de su cuerpo, dejando un charco considerable.
Recogiera mi sombrero del suelo y cubriera mi cuerpo con la capa. Partiera pronto de allí, temiendo que fuera descubierto. Con paso firme, ligero, esperando llegar pronto a casa. Al llegar a mi casa, temieran por mi tardanza, procurara sacudir mi ropera antes de salir, para no dejar rastro de sangre. Si dierase cuenta mi querida Ana, de algunas gotas en mis ropajes, al tiempo que descubriera yo en sus ojos unas lágrimas nacer. Dijérale que no temiera, que estaba a salvo, que el ladrón cayera en el duelo, que nadie viera lo sucedido. Que no deseara otra cosa, que cenar tranquilamente, más no levantar voces en el vecindario. Diérale un fuerte abrazo, para que viera que la quería, estáramos todos a salvo, en nuestra casa. 
Pudiera decir de la vida, que nos dirige por caminos tortuosos, que nos reta, que nos quiere arrebatar el calor de nuestras gentes. Mas no por ello, debiéramos bajar los ojos, temer por nuestras vidas. Hay que agotar los instantes de felicidad, mientras tengamos vida. Hay que contar cuantos amaneceres y puestas de sol vemos. Por desventura, vemos menos de las que debiéramos y son solo un instante en cada día, en cada día de nuestra vida. El camino, es sentir, sentir cuantos detalles, envuelven nuestras vidas. Solo valorando esa inmensidad, vuesa merced comprenderá, que siempre es bueno seguir con vida, aunque por desventura, nuevamente os retara la muerte.