martes 8 de septiembre de 2009

Últimas lineas, Capitulo XVI (Diego)

Debo relatar a vuestra merced, los acontecimientos de estos años. Menos gracia o fortuna, por cuantos nos tocara vivir, los últimos años de nuestro señor El Rey planeta, Felipe IV de España. Fuera septiembre de 1665, más triste es saber que no gozara de buena salud. Falleciera a mediados de este mismo mes, dejando las Españas a manos de Carlos II. La monarquía española cayera en declive, guerras constantes entre la Europa protestante y la Europa católica, mas la Francia de Luis XIV andara en hegemonía. Fueran tiempos duros, más triste relatar que en Julio de este mismo año prodújose la Batalla de Villaviciosa contra el portugués. Fuera la guerra de restauración portuguesa. Los ejércitos de Luis de Benavides Carrillo, Marqués de Caracena, quedaran derrotados. Fuera acusado de traición y cobardía. Más Luis de Benavides, defendiérase ante la corona, con argumentos de que sus ejércitos no estaban bien preparados para la guerra. Razón era que la vieja España se encontrara exhausta tras años de guerra. Aproximárase la independencia de Portugal, más por otro lado las Provincias Unidas, que bien fueran nuestros Países Bajos. Cuánta sangre fuera vertida en los países bajos ¿de qué era servida? Los ejércitos españoles se replegaban más el imperio español entrara en declive.

Fueran 3 años ya, los que estuviera sin escribir, refugiárame en los dulces amaneceres de mi vida, en los fríos inviernos y en el placentero calor de mi hogar. Fuera una azarosa mañana, cuando unos golpes de pomo en la puerta parecieran sonar de un modo distinto. ¿Quién pudiera ser la persona que esa buena mañana diera mi profundo despertar a una nueva vida? Mi hijo. Volviera mi hijo de la guerra, quien hubiera luchado en Portugal, en la Batalla de Villaviciosa. No pudiera, sino abrazarlo, no pudiera sino llorar como un niño, llorar como niños, tras un ansiado abrazo. Más no vino solo, le acompañara una dulce joven, poco más joven que él. Hablárame mi hijo, tras ofrecerles a ambos tomar reposo y algo de beber, de las crueldades de una guerra, alguna cicatriz, mas el dolor de perder compañeros en combate. Sus filas perdieran la batalla, se replegaran en los montes. Se perdiera mi hijo, poco más de un día sin comida, cayendo sin aliento junto a un rio. Al tiempo que María, la dulce joven que le acompañara, ayudáralo a salir de allí, más llamara a sus padres. Tomaran su cuerpo herido, mas ofreciéndole descanso en cama, curando sus heridas. Avanzaran los días al tiempo que se recuperara. Más pudiérase esperar, de que ambos se enamoraran. Comprendieran sus padres, que José debiera volver a casa, mas permitieran a su enamorada hija partir con mi hijo. Un camino poco azaroso, con algún duelo en alguna cantina. Muchos días, de polvorientos caminos a caballo, de preguntar a las gentes por el camino correcto. De abrazarse ambos en humildes posadas, donde el frío calara hasta los huesos e incluso las pulgas habitaran el lecho. Cierto fuera el comprender de que en la vida se valora todo, cuando realmente se sufre necesidad y cuando se tiene corazón para mirar a los que sufren, con mas desventura que uno mismo. Ver aquellos jóvenes, siendo uno de ellos mi hijo, recordárame cuanto tuviera que vivir de niño, los tortuosos caminos de mi vida es el profundo saber de que hubiera criado el hijo que siempre esperara, siguiendo mis pasos y comprendiendo el verdadero sentido de una vida. No es ocioso indicar que mi hija Ángela ya tuviera 13 años, de que cada día en su vida fuera un nuevo despertar. Conservo tras de mí, recuerdos para sentirme orgulloso, más de mi querida Ana, quien diérame una vida tranquila, de amor mas de recuerdos, que aun aletean en mi corazón y dos hijos, que lo son todo para mí. Cuantos de los abrazos de Ana, sirviéranme para dejar caer un suspiro, para dejar caer lágrimas más cambiarlos por sonrisas. Tantos como gotas de lluvia viera caer en mi vida, mas si no fueran tantas, que se que no lo fueren, pareciéranle mas a mi corazón. Y es que la vida siempre es azarosa si alguien te da amor, pues de poco sirven las riquezas.

Tras recibir la noticia de la llegada de mi hijo José, Ana no hiciera sino estallar en llanto y bien abrazar a su hijo. Al tiempo que abrazara, al dulce ángel con cuerpo de mujer, que curárale sus heridas. Cierto fuera que la vida pone a cada cual en su sitio y no pudiera esperar más de él, que encontrar una chica como María, en los seguidos días que pudiera conocerla. Joven y dulce como una rosa, con tierno corazón que no solo encandila a mi hijo, sino que le guía en los pasos de la vida, aunque no tengan riquezas, aunque solo se tengan el uno al otro.

Viviéramos en familia aquellos días, al tiempo que encontráramos lugar para dormir y vivir, a los jóvenes que acabaran de llegar. Mas no desearan sino casarse, sino emprender nueva vida, buscar una casa en tener un poco de dinero y empezar nueva vida. Como empezara su padre, que escribe este libro para un recuerdo.

De mis días y de mi vida, quisiera disculparme de vuestras mercedes en este humilde libro, que poco tiempo dedicara al escribir. En él se hallan recuerdos, emociones, pasiones y guerras, momentos para vislumbrar paisajes de ensueño, de llantos y dolor., aromas, perfumes e incluso sabores. Más no quisiera parecer engreído, pues carezco de maestría. Quisiera dedicar el resto de mis días a mis gentes, a ver emprender nuevas vidas a mis hijos, esperar nietos. Verlos crecer, porque la vida siempre tiene valor, si algo en tu entorno empieza a crecer. Perfeccionar quisiera mi esgrima, hasta que mi brazo no pueda portar espada. Seguir los senderos del destino, mas siempre mirar al horizonte, nunca arrepintiérame de cuanto viviera en esta vida, pues fuera el rio que desembocara en el fruto de esta voz, que hoy escribe estas palabras. No pudieran ser mis últimas líneas en este libro, más placenteras. No pudiera desear más de lo que ya porto. Si deseo a vuestra merced larga vida, más que mis humildes líneas le den un enfoque más humano, un espíritu de lucha, aunque ciertos duelos cubran de fantasmas a vuesa merced. El fruto es siempre lo que importa, no lo olvide pues. Más le pido un pequeño gesto. Por dura que fuere su vida, por peso que el destino cargue en sus hombros con los años, los ojos conservan la misma mirada desde el nacimiento, jamás deje vuesa merced de mirar al horizonte…


0 dieronme unas palabras, que el destino os guarde.: