Conversando con un vecino, enseñárame unos pequeños conejos, de una nueva cría en su corral. Pidiérale si pudiera darme uno, más que quería a cambio. Diéramelo con gusto, sin pedir nada a cambio. Triste animal, que en crecer en unos meses, seguro fuera a ser comida en algún arroz. Fuese azaroso el destino con él, yendo a mis manos, para entregar como regalo a mi hija. Curiosa es la vida, cuando un simple detalle, de los que menos pudiéramos vislumbrar en nuestras mentes, pudiera crear tal alegría, dedicación y respeto. Más tristes fueran las vidas de aquellos, no queriendo recordar que fueran niños, perdiendo así la raíz, que pudiera ganarse el respeto de sus hijos. Pues ya es dura la vida, como para purgarla de pensamientos negativos, de venganzas. De olvidar que existe una ilusión, más de una luz en más cosas de las que pudiéramos llegar a comprender. Como aquel pequeño conejo, acariciado por las inocentes manos de mi hija, sintiérame yo acariciado por mi familia, por mis gentes, por mi tierra. Retomando antiguas costumbres, leyendo libros, pasaba largas horas en mi escritorio, mas leyendo que escribiendo. Mas debo indicar a vuesa merced, que todo este tiempo sintiera que debiera absorber emociones, comprender que estara vivo, más que expresarme con líneas. Bastara una lámpara de aceite, para iluminar mi mesa, al tiempo que pasara páginas, leyendo, comprendiendo otra forma de vivir. Cierto fuera, que la mayoría de las tardes, prefiriera dar paseos junto al rio con mi esposa. Ver las puestas de sol, saber que en pocos años fuera a llegar mi madurez. Porto en mi cuerpo numerosas cicatrices, recuerdos, mas pienso en aprovechar cada día nuevo, que me brinda la vida. Debiérase mi situación también a la ausencia de mi hijo, al temor de que perdiese su vida, a la crudeza de una vida, que queriendo que fuese llana más libre de dolor, viérase a menudo afectada, por cuanta violencia o horror siembran los hombres. Como fuere una mañana, en que caminando por el mercado, encontrárame un extraño personaje en mi camino. Cerrárame el paso sin saber porque. Yo levantara mi mirada, al tiempo que descubriera la empuñadura de su espada, invitándome a que le diera mi dinero. No portaba moneda alguna, mis humildes pasos los escribían, unas botas desgastadas y ligeramente rotas. Dijérale unas palabras. - No porto moneda alguna, soy hombre cansado de guerras, os ruego me dejéis pasar- En cambio, tan misterioso caballero añadiera unas palabras bien diferentes. – Sucio embustero, vuesa merced quiere morir hoy ¿no es así?- Vislumbrara en mis ojos cuerpos caídos en la cubierta, del navío en que sirviera tiempo atrás, cuerpos arrastrándose por ella, chorreantes de sangre, entre los que pasaras pisándolos, pisando miembros amputados, nubes de pólvora y cabezas arrancadas por balas de cañón. Sin dudarlo un instante, desenvainara mi ropera, al tiempo que le mirara fijamente a los ojos. Empezáramos a cruzar aceros, en un callejón sin salida. Tirara al suelo si sombrero de ala doblada, mas sintiera ya el sudor en mi frente. A pesar de que mi destreza hubiera alcanzado niveles respetables de un soldado, de un tercio viejo, fuérame un tanto difícil, entablar combate con un joven diestro, de poco más de treinta años. Aun así, entre suspiros, buscando bocanadas de aire para alimentar cuerpos cansados, resistiéramos a intentar, dejarse matar por el otro. Tal vez fuera el dedo de Dios que me apuntara en aquel duelo, para ofrecerme posibilidad, de concluir cogiendo su espada por la taza. No queriendo rendirse, a pesar de que le apuntara con mi ropera, sacara de su costado una daga escondida, para escupir mi acero amenazando su cuerpo. Triste es el destino, cuando queriendo un camino de paz, debes segar con tu acero una vida, que bien pudiera llegar a ser la de un hijo. Así fuera, cuando de un descuido probara mi acero. Su rostro de sorpresa, al ver mi espada clavada en su pecho. Mirando su herida, tocando con sus manos su sangre, al tiempo, que su cuerpo, se desvaneciera. Ligeramente, su rostro cayera de costado, sobre las piedras del camino. La sangre brotara de su cuerpo, dejando un charco considerable.
Recogiera mi sombrero del suelo y cubriera mi cuerpo con la capa. Partiera pronto de allí, temiendo que fuera descubierto. Con paso firme, ligero, esperando llegar pronto a casa. Al llegar a mi casa, temieran por mi tardanza, procurara sacudir mi ropera antes de salir, para no dejar rastro de sangre. Si dierase cuenta mi querida Ana, de algunas gotas en mis ropajes, al tiempo que descubriera yo en sus ojos unas lágrimas nacer. Dijérale que no temiera, que estaba a salvo, que el ladrón cayera en el duelo, que nadie viera lo sucedido. Que no deseara otra cosa, que cenar tranquilamente, más no levantar voces en el vecindario. Diérale un fuerte abrazo, para que viera que la quería, estáramos todos a salvo, en nuestra casa.
Pudiera decir de la vida, que nos dirige por caminos tortuosos, que nos reta, que nos quiere arrebatar el calor de nuestras gentes. Mas no por ello, debiéramos bajar los ojos, temer por nuestras vidas. Hay que agotar los instantes de felicidad, mientras tengamos vida. Hay que contar cuantos amaneceres y puestas de sol vemos. Por desventura, vemos menos de las que debiéramos y son solo un instante en cada día, en cada día de nuestra vida. El camino, es sentir, sentir cuantos detalles, envuelven nuestras vidas. Solo valorando esa inmensidad, vuesa merced comprenderá, que siempre es bueno seguir con vida, aunque por desventura, nuevamente os retara la muerte.


0 dieronme unas palabras, que el destino os guarde.:
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