Pasaran pocos años, de mi encuentro con mi buen amigo Vicente, corría el año de gracia de 1652. A mi edad de 42 años sorprendierame un violento golpe en la noche, mas el temor de que algo malo pasara a cuantos estábamos en casa. Fuera bien entrada la noche, en el silencio de una gélida noche de invierno. El fuego aun ardía en la chimenea y el calor inundaba mi casa, a cuantos yacíamos en reposo aquella noche.El herido crujir de un cristal despertó el rugir de mi perra. Cuando yo apenas había abierto los ojos, rogando a mi querida Ana que aguardase en la cama, oí el gemido de mi perra Luna. A sus doce años de edad ya era perro viejo. Más de esperar era que había probado acero por su quejido. Cogiera mi toledana y mi vizcaína, al tiempo que me aventurara por los pasillos de mi casa. Aquella noche era extraña para mi, por mi hijo no debiera temer pues mi dormitorio estaba más cerca de la puerta que el suyo, mas el sonido pareciera venir del salón.
Vislumbrara la noche, dos hombres con el rostro tapado en el salón. Lanzárase uno sobre mí con la espada, más el otro por el otro costado. Cerrárame en una esquina de la habitación, para bien guardar mi vida al tiempo que amenazara a los ladrones con el acero. Se abalanzaron sobre mí como lobos, cortando con sus aceros las sillas de mi casa y cualquier cosa que les impidiera el camino para llegar a mí. Uno de ambos se llevo un tajo en su brazo izquierdo, saliendo por la ventana con una pequeña bolsa de monedas. El otro se abalanzo sobre mí y al tiempo que intento escapar, cerrárale el paso con mi acero y replegáralo en una esquina. Con golpes de acero, cortara el silencio con decisión. Batiéndose en la noche, bien debía saber, que difícil era salir con vida si cometiera un error. Incesante y cauteloso batiéndonos a una estocada, su error llego, sirviéndome para hundir la punta de mi toledana en uno de sus costados. El hombre cayó al suelo herido de dolor y en poco tiempo, se desangró.
Dejaran mi casa como si de un campo de batalla se tratase, tuviera tiempo para descubrir su rostro. Nunca olvido un rostro y aquel hombre, resultárame familiar. Era el bandido que huyera con vida en Madrid. Más quisiera saber porque razón me siguiera o que razones le llevaran a asaltar mi casa o a intentar darme muerte. Era algo, que debía descubrir más adelante. Pues en aquel instante solo me preocupara el estado de los de mi hogar. Mi perra yacía muerta en el suelo, como bien cumpliera el deber de defender la casa. Tuviera una gran vida y no esperaba tal final para ella. Más fue un digno merecer, saber que tuviéramos una perra, que tanto era capaz de dar por nosotros.
Doliérale más a mi querido José, que tantos años tuviera como ella, que bien crecieran juntos, más ligados recuerdos que de infancia compartieran.
Ana estallara en lágrimas, por cuantos destrozos tuviéramos en la casa. No era época fácil y difícil sería rehacer cuanto se perdiera aquella noche. No pude hacer más que intentar consolarla y bien decirle que saldríamos de allí, que fuera como fuere nuestra casa volvería a ser como antes. ¿Qué pudiéramos esperar, si todos estábamos con vida? Triste perdida la de nuestra perra, más mi mujer y mi hijo, siempre estaban por encima de todo.
Del desventurado asesino, que bien se me quedo en el recuerdo su rostro, más por mí parte descubrir, quién ordenara asaltar mi casa, dieramosle entierro en el cementerio. Nadie nunca dijo nada y nadie reclamara su cuerpo aquel día. Aquello me hiciera pensar, que bien era de otro lugar o nadie quiso mostrar que le conociera.
Del resto de los días, ayudárame mi buen amigo Vicente, quien mostrárame apoyo reconstruyendo los muebles rotos. Marcas de acero en la mesa, sillas rotas más algún candelabro fueran los daños. Tuviera la amabilidad de ayudarme en los cristales e incluso dejarme una pequeña suma de dinero, que algún tiempo costárame devolverle. Vínose su mujer también, ayudáranos con las cortinas, intención fuera el dejarla con aquel calor hogareño, que tanto tiempo fue nuestro retiro y descanso, lleno de recuerdos, de experiencias. Si las paredes hablaran, relatarían cuántas vidas pueden ver, cuantas sensaciones y recuerdos, pueden quedar escritos en su historia.
Cierto es, que pocos son los daños que tuviéramos, mas sabiendo que fuéramos asaltados en mitad de la noche ya no es seguro tu propio hogar. Por ello, costárame dormir aquellos días siguientes y dormir con mi toledana y mi vizcaína bien cerca de mi cama. Costumbre, que aún acentuara más a lo largo de mi vida, tras aquel desventurado suceso.
Mi perra fuera enterrada en el jardín de mi hogar, con el profundo pesar de mi hijo José. Ya fueron 12 años más empezaba a pensar que ya no es tan niño, que en pocos años se convertiría un joven. Convirtiéndose estaba, en un joven diestro, como demostrárase años siguientes. Con una profunda mirada, más azul como la Mar Mediterránea, que lo viera nacer. Enseñárale a respetar a su oponente, ser un caballero. Aprendiera, la verdadera destreza de Luís Pacheco de Narváez. Fuera cauteloso más prudente, pero no por ello falto de decisión, insistente, incluso pudiera decir aguerrido. Despertara cualidades muy nobles. Algo me hizo pensar, que no supiera por aquel entonces, si bien hacía, enseñándole esgrima desde tan joven. Pues si destreza es el arte de matar, bien probable fuera que marcharía voluntario a las guerras que nuestros ejércitos libran por Europa. Duro pudiera ser para un padre sufrir tal decisión. Más preferí no pensar, muchos años tuvieron que pasar hasta llegar a ser un hombre. Muchos a conocer sus primeros amores y una mirada que infligiera respeto, aunque para ello debiera hacer uso de la espada.
Poco tiempo después del robo en mi casa, tuve grata noticia de mí querida Ana. Espera un nuevo hijo, tiempo hacia que estábamos deseándolo.
A mis 43 años de edad, veía mi vida en la cima, con objetivos cumplidos más solo a la espera de que madurase mi vida. Pensaba en mi nuevo hijo, si sería niño o niña, como sería. Si tal vez pudiera ser niña y parecerse a su madre o tal vez tener otro diestro en mi hogar. Pensar que iba a llenar de más vida mi hogar, mas no saber de qué modo, me inquietara por aquel entonces.
Temí más por la vida de mi familia que por la mía en aquel robo, más también pienso, que mi vida no fuera ligada a mi única decisión. Mi mujer y mis hijos me necesitaban. No fuera un simple soldado que sin descendencia, poco le importa la vida. Pues de amoríos vienen y van, pero cuando se ama lo suficiente como para tener descendencia, parte de tu vida es su vida. Por ello me inquietaran los duelos, cruzar acero en mitad de la noche por un vulgar truhán o un asaltador de caminos. Mas que pudiera esperar de una vida, en la que el respeto se gana cruzando aceros. En mi interior fuera hombre de paz y usara la destreza de la espada como arte. Arte de matar, mas no por ello lejos de una maestría interior, de un expresar con tus trazos la clase de hombre que eres, pues cada hombre muestra en su esgrima el tipo de hombre que es. Voto a Dios y le doy las gracias por cuantas veces salve mi vida y las de mis seres queridos, mas pido perdón, por cuantos hombres probaran acero en mi empresa.


0 dieronme unas palabras, que el destino os guarde.:
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