Saliéramos de casa del mercader, Vicente Pons necesitaba de medicinas para sus pacientes. Empezaba a anochecer, mas sin notarse diferencia alguna, por cual tormenta caía. Los truenos iluminaban las calles. Hacia frío, el azote del viento notábase en nuestras carnes por el frío y las ropas mojadas pegábanse a la piel, helándose nuestros huesos. A penas podía verse nada, el arremolinado viento blandía el agua de un lado al otro y el agua que resbalara por las calles bien pudiera ser causa de algún resbalón. Por lo que anidáramos con sumo cuidado, se escuchaba el atronador ruido del agua, cual ejercito de gotas, chocando una a una contra el suelo. Los truenos eran cada más incesantes y el contraste de luz a cada relámpago con la oscuridad, diera un toque de terror a cuanto nos rodeaba. Notábase la humedad en las botas, el agua empapaba por completo nuestro cuerpo, mas lo peor estuvo por llegar.
Entre la oscuridad de un portal bajo la tenebrosa sombra de un árbol ocultábanse dos hombres. Pardiez, a penas los vimos. Mas sus roperas cortaron el agua a nuestro encuentro.
- Dadnos cuanto oro tengáis, mas si no quieren vuestras mercedes morir ahora- Se escucho una voz, mientras la amenazante punta de su ropera apuntábamos a un metro de distancia.
No pudiéramos ver su rostro, un sobrero de ala doblada lo cubría, el agua resbalaba por el ala precipitándose al vacío, para morir en los adoquines que cubrían la calle.
- De oro no precisamos, mas no es ocioso indicar que vuestras mercedes no lo piden con suma educación. Poco puedo esperar de vos, siendo un vulgar bandido. Retroceded o probareis mi toledana- Respondiérales en tono amenazante mientras mi toledana, que semanas antes diérame José de Toledo, desnudabase a la lluvia para probar sangre, entre rayos, luces y tinieblas.
- Sea pues- Lanzo un grito al viento Vicente Pons mientras su espada saliera de su vaina y las gotas de lluvia suicidáranse por el filo al suelo.
El otro bandido oculto, lanzabase de improviso y la esgrima blandió espadas en una noche en que nadie nos escuchara, por cual tormenta caía.
Vicente Pons cual compañero de armas en aquel instante defendierase bien solo. Mas yo me batía con el otro rufián sin a penas poder prestar atención a nada más. El muy avispado saco su daga y obligarame a sacar yo la mía. Un enroscado para atrapar su hoja con los gavilanes de mi espada. Atajaba, el divertía por la derecha, por la izquierda, trepidante derecho, extraño. Respondí por cual experiencia en la esgrima me portaba. La daga que me acompaño desde Flandes, a quien cambiara la hoja en diversas ocasiones, más conservaba la misma hoja que hundierase en el pecho del pirata, en el sabotaje a la mar. La misma hoja, que cortara las cuerdas que tomaban preso a mi caballo, cuando naufragáramos. Esa hoja, bien defendía mi vida hoy.
En el tiempo que dura un suspiro herí al bandido en un costado, mas defendiérase con valor. Un resbalón tirábame de espaldas al suelo, mas bajara mi oponente a lanzar su estocada, mientras mi toledana, airosa de probar sangre desde hacia 30 años, introducierase escasos centímetros en el estomago de mi oponente.
Cayo al suelo, mas lanzara su lenta respiración, mientras el agua le cubría. Su sangre se esparció cual río atormentado y la lluvia hízose participe de dibujar con ella en los adoquines. Mas no cabía esperar sino su muerte.
De Vicente Pons no pudiera indicar mejores noticias, una estocada atravesó su pecho y cayerase al suelo también. El otro bandido huyo, cual rufián y cobarde fuera aquella noche.
-Vicente ¿puede vuestra merced andar?-
- Cuidad de Laura, pronto tendrá un hijo de vos, se que mi hora ha llegado, puedo sentirlo- Fueron sus palabras mientras gemía de dolor.
Lo miraba arrodillado, empapado por la lluvia con su música atronadora. Mezclaranse unas lagrimas mías con la lluvia, mas debía armarme de valor y llevarlo pronto a casa. La lluvia lo desangraba y debería procurar por salvar su vida. Coji un pañuelo, tape su herida y cargaralo a mis espaldas mientras mis escasas fuerzas me portaban.
El camino fuera fatigoso, tras tan inesperado duelo y portando un hombre herido sobre mi. Llegue al convento, di tres golpes de pomo. Por la rendija asomábase el ojo de un fraile, que reconociame de repente. Apresurabase a abrirnos la puerta.
Dos pasos bastaron para llenar de agua un suelo seco, calido y acogedor.
- Santo Dios- Dijo el fraile al ver a Vicente herido y como lo recostaba en el suelo. Sangraba profundamente mas ayudáranme a llevarlo a una cama limpia y seca. Laura estaba allí, hundierase en un profundo llanto. Yo no pude consolarla, me quede de piedra, por cuanto paso aquella noche. Tuvimos que cruzar aceros y no bastaron para salvar nuestras vidas. Lanzabase a mi Laura con un profundo abrazo. Su cuerpo estaba calido, mientras el mío estaba frío, mas sentí mas calor por su amor, que por sus brazos que rodeaban mi cuello y sus pechos cubriendo mi pecho. Diérame un beso y dijome unas palabras.
- Quiso Dios que vivierais, para conocer a vuestro hijo que crece en mi interior- Estas palabras de Laura diéranme una profunda alegría, al ver que esta creciendo sanamente y su madre, el amor de mi vida, goza de una buena salud.
Un fraile nos interrumpió mientras dijo:
- Venid José Llop, Vicente Pons quiere hablar con vos, no pasara de esta noche…-
Entráramos los dos a la habitación, pues estábamos a la puerta.
Su rostro estaba pálido, bien perdió mucha sangre, mas no temblaba, parecía que su cuerpo no mostrar indicios de luchar por su vida, yacía en silencio con unos ojos que ya aceptaban la muerte. Una voz pálida, una voz débil, pronunciarase de su boca.
- Cuidad de Laura como os dije, mas veo que esta en buenas manos- Dicierame estas palabras mientras su mano fría sujetárame la mía. De repente dejo su mirada al vacío y su cuerpo descansó. Basto mi mano para cerrar sus ojos. Vinose Laura a mis brazos, más yo la abrace, sentado en la cama. Mientras con la otra sujetaba la mano, del inmóvil cuerpo sin vida de Vicente Pons. Disipabase su calor y paso a ser frío, dejando en evidencia que su alma ya partió. Basto soplar la vela de la habitación y cojido de la mano de Laura, saliéramos de allí. El hueco de una vida que parte, hay que remplazarlo con una vida nueva. Mas si iba a ser mi hijo, mas naciendo del vientre de Laura.
Entre la oscuridad de un portal bajo la tenebrosa sombra de un árbol ocultábanse dos hombres. Pardiez, a penas los vimos. Mas sus roperas cortaron el agua a nuestro encuentro.
- Dadnos cuanto oro tengáis, mas si no quieren vuestras mercedes morir ahora- Se escucho una voz, mientras la amenazante punta de su ropera apuntábamos a un metro de distancia.
No pudiéramos ver su rostro, un sobrero de ala doblada lo cubría, el agua resbalaba por el ala precipitándose al vacío, para morir en los adoquines que cubrían la calle.
- De oro no precisamos, mas no es ocioso indicar que vuestras mercedes no lo piden con suma educación. Poco puedo esperar de vos, siendo un vulgar bandido. Retroceded o probareis mi toledana- Respondiérales en tono amenazante mientras mi toledana, que semanas antes diérame José de Toledo, desnudabase a la lluvia para probar sangre, entre rayos, luces y tinieblas.
- Sea pues- Lanzo un grito al viento Vicente Pons mientras su espada saliera de su vaina y las gotas de lluvia suicidáranse por el filo al suelo.
El otro bandido oculto, lanzabase de improviso y la esgrima blandió espadas en una noche en que nadie nos escuchara, por cual tormenta caía.
Vicente Pons cual compañero de armas en aquel instante defendierase bien solo. Mas yo me batía con el otro rufián sin a penas poder prestar atención a nada más. El muy avispado saco su daga y obligarame a sacar yo la mía. Un enroscado para atrapar su hoja con los gavilanes de mi espada. Atajaba, el divertía por la derecha, por la izquierda, trepidante derecho, extraño. Respondí por cual experiencia en la esgrima me portaba. La daga que me acompaño desde Flandes, a quien cambiara la hoja en diversas ocasiones, más conservaba la misma hoja que hundierase en el pecho del pirata, en el sabotaje a la mar. La misma hoja, que cortara las cuerdas que tomaban preso a mi caballo, cuando naufragáramos. Esa hoja, bien defendía mi vida hoy.
En el tiempo que dura un suspiro herí al bandido en un costado, mas defendiérase con valor. Un resbalón tirábame de espaldas al suelo, mas bajara mi oponente a lanzar su estocada, mientras mi toledana, airosa de probar sangre desde hacia 30 años, introducierase escasos centímetros en el estomago de mi oponente.
Cayo al suelo, mas lanzara su lenta respiración, mientras el agua le cubría. Su sangre se esparció cual río atormentado y la lluvia hízose participe de dibujar con ella en los adoquines. Mas no cabía esperar sino su muerte.
De Vicente Pons no pudiera indicar mejores noticias, una estocada atravesó su pecho y cayerase al suelo también. El otro bandido huyo, cual rufián y cobarde fuera aquella noche.
-Vicente ¿puede vuestra merced andar?-
- Cuidad de Laura, pronto tendrá un hijo de vos, se que mi hora ha llegado, puedo sentirlo- Fueron sus palabras mientras gemía de dolor.
Lo miraba arrodillado, empapado por la lluvia con su música atronadora. Mezclaranse unas lagrimas mías con la lluvia, mas debía armarme de valor y llevarlo pronto a casa. La lluvia lo desangraba y debería procurar por salvar su vida. Coji un pañuelo, tape su herida y cargaralo a mis espaldas mientras mis escasas fuerzas me portaban.
El camino fuera fatigoso, tras tan inesperado duelo y portando un hombre herido sobre mi. Llegue al convento, di tres golpes de pomo. Por la rendija asomábase el ojo de un fraile, que reconociame de repente. Apresurabase a abrirnos la puerta.
Dos pasos bastaron para llenar de agua un suelo seco, calido y acogedor.
- Santo Dios- Dijo el fraile al ver a Vicente herido y como lo recostaba en el suelo. Sangraba profundamente mas ayudáranme a llevarlo a una cama limpia y seca. Laura estaba allí, hundierase en un profundo llanto. Yo no pude consolarla, me quede de piedra, por cuanto paso aquella noche. Tuvimos que cruzar aceros y no bastaron para salvar nuestras vidas. Lanzabase a mi Laura con un profundo abrazo. Su cuerpo estaba calido, mientras el mío estaba frío, mas sentí mas calor por su amor, que por sus brazos que rodeaban mi cuello y sus pechos cubriendo mi pecho. Diérame un beso y dijome unas palabras.
- Quiso Dios que vivierais, para conocer a vuestro hijo que crece en mi interior- Estas palabras de Laura diéranme una profunda alegría, al ver que esta creciendo sanamente y su madre, el amor de mi vida, goza de una buena salud.
Un fraile nos interrumpió mientras dijo:
- Venid José Llop, Vicente Pons quiere hablar con vos, no pasara de esta noche…-
Entráramos los dos a la habitación, pues estábamos a la puerta.
Su rostro estaba pálido, bien perdió mucha sangre, mas no temblaba, parecía que su cuerpo no mostrar indicios de luchar por su vida, yacía en silencio con unos ojos que ya aceptaban la muerte. Una voz pálida, una voz débil, pronunciarase de su boca.
- Cuidad de Laura como os dije, mas veo que esta en buenas manos- Dicierame estas palabras mientras su mano fría sujetárame la mía. De repente dejo su mirada al vacío y su cuerpo descansó. Basto mi mano para cerrar sus ojos. Vinose Laura a mis brazos, más yo la abrace, sentado en la cama. Mientras con la otra sujetaba la mano, del inmóvil cuerpo sin vida de Vicente Pons. Disipabase su calor y paso a ser frío, dejando en evidencia que su alma ya partió. Basto soplar la vela de la habitación y cojido de la mano de Laura, saliéramos de allí. El hueco de una vida que parte, hay que remplazarlo con una vida nueva. Mas si iba a ser mi hijo, mas naciendo del vientre de Laura.



9 dieronme unas palabras, que el destino os guarde.:
¡pardiez, mi bravo hidalgo! Os dejo varias jornadas y de tal guisa os hallo. Presto a la honra de ser padre y dispuiesto a la lucha bajo quintales de agua.
Os debió doler la enorme pérdida de Don Vicente y os doy mi mas dolorido pésame. Ahora huid, huid de tal lugar donde solo os espera venganza. La gente con la cruzásteis vuestros aceros son cobardes y volverán con refuerzos.
Llamadme si precisáis cualquier apoyo auqnue se de vos que no habrá quién intente atacros sin recibir su justo premio.
Con vos
Blas, el de Lezo
buen relato amigo, me levanto y me quito el sombrero ante tal majestuosidad.
besosss
siento no haber pasado estos dias pero andaba muy ocupada y sin tiempo
Me encanta que escribas estas interesantes historias, no dejes nunca esta afición por escribir. Es expresión y liberación compartidas.
Qué bien aprovechas el tiempo.
Besos
Blas de Lezo:
Un gran abrazo, hace mucho que no visito tu blog :) Unas horas tras escribir esto me rompi un dedo del pie, un mes de reposo sin esgrima, sin karate, sin aikido, bueno hare pesas por mantener el tono. Te dire que en la vida real... tengo algo similar. YO queria ir a aikido y karate ahora pero me aconsejan que no. Cuando se rompio mi dedo un escalofrio me lleno de sudor de la cabeza a los pies ¿sabes que? En la vida real, me puse el calcetin y el zapato. Coji el coche y fui solo al medico. Puedo andar sin apoyar la punta del pie. Gracias, algun dia me gustaria conocerte XD
Un fuerte abrazo.
matanuska:
Tranquila todos tenemos cosas que hacer internet es 1% de quienes somos en realidad.
Caminante de noche:
Gracias pero a veces te quejas de que no respondo emails XD
Besos
Uyyyy me despisto unos días y ya hay bebé a la vista... la historia se pone interesante, sigue, sigue...
Besos
XD muchas gracias, seguiremos. Besos
Me encanta este blog.
enhorabuena porque es una pasada!!!
Mientras se arregla tu pc, sigue escribiendo capítulos, no dejes de escribir, que esperamos un nuevo capítulo.
Besos
Taitra:
Muchas gracias, fue el primero y muy unido a la esgrima que practico, me equivoque de epoca XD
Besos
caminate de noche:
si pero eso de escribir a mano es un rollo XD.
Besos
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